Nueva serie de microcuentos

Bueno gente a partir de ahora, semanalmente estaré subiendo una serie de minicuentos, no les hablaré mucho de la historia porque prefiero que la interpreten ustedes mismos, el genero es ciencia ficción, espero que les agrade. 🙂 La serie se publicará todos los lunes sin falta hasta su culminación. 🙂

Primeras generaciones – Capitulo 1

Alguien toca la puerta, ni siquiera me han dado unos tres segundos de descanso,
-Cadete. Despiértese, el señor Rolandas Jakstas XXI dará un discurso en el vestíbulo principal.
El hombre tenía un escaso cabello y su cuerpo alargado parecía un esqueleto
apenas cubierto por una delgada capa de piel parecida a la de una rana transparente.
-Ya estoy despierto, no me tardo, pero quiero fumar un poco,
deme un segundo. [Como si a alguién le interesará lo que va a decir ese farsante,
lleva semanas diciendo que por fin nos permitirá comunicarnos con nuestras familias,
aunque…. A estas alturas, quién sabe si aún tengo una familia.]

Si te gustó, deja un comentario. 🙂

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Cuento – El muro de piedra

—No creo que me mate. Daniel no es así.
Isaac caminaba despacio entre las piedras filosas. Iba decaído por la sed y la tierra en sus zapatos hacía que le ardieran los pies. Un polvo de tepetate se le metía en los ojos cuando el viento soplaba, lo obligaba a cerrarlos y a tallárselos con el dorso de la mano hasta dejarlos colorados. Levantó el ala de su sombrero y vio el camino que cortaba la sierra hacia abajo y hacia adelante. Quiso mirar hacia atrás, pero pensó que lo mejor era seguir avanzando sin aflojar la marcha. Sabía que a sus espaldas venía Daniel, manteniendo siempre la misma distancia.
Ya no faltaba mucho para que llegaran al muro de piedra. Habían caminado desde antes del amanecer, casi sin intercambiar palabra. Y aunque al principio le incomodó aquel silencio de ambos, no le pareció raro. Pensó que si no se hablaban era por la oscuridad, porque cuando salieron del pueblo apenas si podían verse las caras. Reconoció a Daniel por el silbido, porque aquélla era la misma tonada que usaba para arriar sus becerros cuando pasaba a caballo por las calles de Tlayolan.
Aquella madrugada, Carmela se levantó antes que él y, cuando Isaac encendió la luz de la habitación, vio que ya le tenía la ropa lista. Salió del cuarto y la vio asomada por la ventana de la calle, como si acechara a alguien:
—Es Daniel. Llegó temprano. Mejor será que te apures, Isaac, porque bien sabes que no le gusta esperar —le dijo. Luego, con pasos de animalito, fue a peinarse al espejo.
—¿Quién sabe qué prisa traiga? —le contestó. Hacía mucho que él y Daniel no iban juntos al monte, porque ya no eran tan cercanos. Y nunca le había pedido que lo acompañara hasta su rancho en el muro de piedra. Pero era buena paga. Todos los que trabajaban con Daniel sabían eso. Que era buena paga y que nada más lo acompañaban los hombres que él mismo escogía.
El viento pasó peinando las piedras, se llevaba la tierra seca y pronto traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos. Isaac intentó sacudirse una piedrita que se le había metido en el zapato, sin éxito. Miró hacia atrás por encima del hombro pero no podía ver a Daniel. Luego se giró por completo, ralentizando la marcha, aunque sin detenerse. Después de unos segundos —todavía encandilado— lo vio, unos cien metros allá atrás, subiendo despacio. Llevaba el bule de agua en la mano derecha y la guadaña en la izquierda. Y aunque no podía ver su rostro, podía sentir la mirada, fija en él como un cañón.
Levantó la mano para saludar a Daniel, pero no le salieron las palabras. Lo vio bajar, ligero, entre las piedras. Isaac se dio la vuelta para ver de frente el camino y aceleró.
—No me va a matar —repitió unos pasos adelante, mientras la sed lo mordía en la garganta.
¿De quién había sido la idea de que era peligroso que fueran juntos? ¿Fue de la Carmela? ¿Y cuándo se lo dijo? Cuando salió de la casa no, seguro. Fue antes, mucho antes, cuando empezaban a salir apenas. “Ten cuidado con Daniel”, le dijo, “no me gusta cómo te mira cuando estás conmigo”. Él hasta se había reído. “Él no es así, mujer, nos conocemos rebien, desde chiquillos”.
Y con esa sentencia abandonaron el asunto. Porque Daniel no era malo. De muchachos jugaban juntos o corrían con los otros jóvenes del pueblo por las lomas que rodeaban Tlayolan. Los dos competían con frecuencia, e Isaac era quien ganaba en todo porque era un par de años mayor que el otro. Se recordaba corriendo adelante del batallón de muchachos. Se acostumbró a voltear sobre sus pasos cuando les sacaba ventaja en plena carrera, para verlos jadeando detrás suyo.
Así eran las cosas. Y a pesar de la rivalidad, se caían bien. O así lo creyó él. Pero ya grandes se fueron distanciando: Daniel se había juntado con la gente del Moro, y aquello le dio mucho dinero pero también muy mala fama. Entonces dejaron de hablarse. Luego, cuando Isaac se casó con la Carmela, Daniel se fue del pueblo por unos años. Cuando regresó apenas si les dirigía la palabra.
Aquella mañana, cuando Isaac abrió la puerta de su casa, miró a Daniel recargado en una barda, al costado del camino. Estaba quieto, espeso, como cuajado en la noche. En la mano izquierda sostenía aquella guadaña grande y pesada: su hoja reflejaba la luz de la calle y a Isaac le dio la impresión de que parecía una sonrisa.
—Con ese guadañón te vas a cortar el cogote —le dijo, medio en broma. Daniel resopló y contestó algo que Isaac no entendió bien, pero que sonó como un “a mí no”, medio en serio. Luego, Daniel se quedó viendo hacia la puerta, hacia donde estaba la Carmela ya arreglada.
—¡Te voy estar esperando! —gritó cuando iban ya algo lejos de la casa. A Isaac le pareció extraño, porque lo había dicho como al aire, como si no quisiera que la entendieran.
Pensaba en ella ahora que sentía como si unos diablos le caminaran por la garganta. El sudor marcaba cicatrices en la tierra que le cubría el rostro y luego le caía en la ropa o se iba derecho hasta el suelo. Pero él no bajaba la marcha. Ni siquiera la sed que tenía o el bule que ya había visto fulgurando en la mano de Daniel hacían que se detuviera. Él no había traído agua y el camino hasta el muro de piedra era más largo de lo que recordaba.
—No lleves nada —le advirtió Daniel—. Yo ya traigo todo lo que vamos a necesitar. Tú no más asegúrate de estar a tiempo, porque tengo mucho que hacer allá.
¿Iban por el camino correcto? De repente pensó que hacía muchos años que no pasaba por esa vereda, que ya no podía acordarse de ese río de piedras filosas. Pasó saliva. A esa hora el sol estaba ya en todo lo alto. Y el camino estaba solo. Se imaginó que si alguien los mirara a aquella hora, solos y tan blancos de enterregados que estaban, pensaría que estaba viendo fantasmas.
El monte hervía de grillos y una que otra mariposa se le atravesaba en el camino como una advertencia. Volvió a mirar hacia atrás: ahí seguía Daniel. Ni más cerca ni más lejos. Sin aflojar el paso. Y aunque iba tapado con aquel sombrero grande que traía, Isaac pudo sentir sus ojos atravesándole el cuello.
En la madrugada, una jauría de perros les gruñó cuando salían del pueblo. Grandes perros negros que les ladraron desde atrás de un barandal. Parecía que tenían las cabezas pegadas a un solo cuerpo.
—Por aquí tengo sembrado maíz —bufó Daniel, cuando escuchó a los perros—. Pero hoy vamos más lejos, a donde queda el muro de piedra. Allá cortaremos la jaragua para las bestias.
Y él no había protestado porque vio que Daniel había previsto todo, menos una guadaña para él.
—¿Y cómo voy a ayudarte si no traigo con qué? —había preguntado, la voz le salió como del fondo de un pozo.
—Cuando lleguemos allá te voy a dar todo lo que necesites —gruñó Daniel.
Y fueron juntos.
Los pies le pesaban tanto que los iba arrastrando entre las piedras. Sabía que de un momento a otro se acabaría el camino para ambos, y entonces ya ninguno podría dar un paso adelante. Desde algún punto a sus espaldas, en pausas, le llegaba aquel silbido que conocía tan bien, porque lo había escuchado a veces, rondando su calle.
Al principio la Carmela se lo decía, que desde que había vuelto al pueblo Daniel se paseaba mucho por ahí. Que no le gustaba cómo la veía cuando andaba sola. Que tenía ojos de perro con hambre. Pero él nunca le hizo caso. Luego, sin razón aparente, Carmela ya no le contó nada. Y el silbido de un día para otro también dejó de escucharse. A pesar de todo, aún se encontraba a Daniel en las noches, pasando con sus animales por enfrente de su casa.
Miró hacia atrás. El camino era muy largo. Apenas pudo limpiarse la tierra de los ojos y de la boca reseca. Vio el bule que colgaba del fuerte brazo de Daniel, a quien nunca había visto así de esforzado. Aquél tenía una guadaña. Y él nada. Y aquel pedazo de fierro que parecía una sonrisa le parecía grande, del tamaño del mundo, y pesado, tan pesado como la vida. Ya estaban muy lejos del pueblo, lejos ya de la Carmela, que había gritado “¡Te voy a estar esperando!” como si lo dijera al aire, a la calle, a la noche, pero no a él, a Isaac, su marido. Se imaginó el campo caliente y silencioso; tuvo ganas de detenerse y dejar caer su cuerpo en la arena.
—Es por esta vereda. Vete tú por delante, yo iré en un rato —le había dicho Daniel, cuando se separaron. Luego se quedó sentado a la sombra de un árbol junto al camino, mirando el suelo—. Cuando acomode todo te alcanzo —dijo, pero se recostó y cruzó los brazos, esperando que el otro se fuera.
Isaac avanzó sin oponer resistencia, y pronto dejó atrás a Daniel. Frente a sí vio el camino de piedras que se abría como la boca de un muerto. Se acordó de todas las veces que había sido así: él avanzando al frente de todos. Siempre fue el más rápido, el que corría delante de los demás y se giraba para verlos tras de sí, jadeando. Y ahora recordaba que, de entre todos, distinguía el rostro de Daniel, que lo miraba con ojos de animal herido, porque no le gustaba perder. Ahora era diferente porque Daniel dejó que se alejara. Pronto llegarían al muro de piedra y ya no tendrían para dónde hacerse.
Ya todo se hacía más claro.
Se dio cuenta de que sus pies se habían estancado y empezó a escuchar aquel silbido cerca, cada vez más cerca. Se imaginó a Daniel detrás de sí, a aquel Daniel que de repente se le figuraba tan grande, tan sonriente como una calavera. Cuando sintió que lo tenía a sus espaldas se echó a correr entre las piedras filosas, resbalando y dando traspiés a lo largo de aquel camino que ahora era pura bajada. En la carrera sintió las piedras metiéndose en los zapatos y rasguñándole las plantas de los pies. Corrió durante todo el rato que se lo permitieron sus pulmones, hasta que sintió la sed abriéndole llagas en la garganta.
Pasaron varios minutos hasta que se detuvo, jadeando, a la mitad del camino. “Pero qué necesidad tengo de correr”, pensó, aferrado a una última ilusión. Quizás todo estaba en su mente. Quizás el buen Daniel se había quedado allá atrás, sorprendido, viéndolo en la carrera. Y cuando lo alcanzara le preguntaría, con tranquilidad, “¿pues qué prisa traes?” y las cosas quedarían así, de amigos, bajo aquel sol que quizás brillaba de esperanzas.
Pero cuando se dio la vuelta, cuando quiso ver a Daniel allá lejos, como un punto en la distancia, se dio cuenta de que aún estaba allí, a unos cien metros, con la guadaña en la mano. Se secaba el sudor con la manga de la camisa empolvada. Y jadeaba. Isaac sintió en él la misma resolución que había sentido el día anterior, cuando él y Carmela se lo encontraron en el centro del pueblo.
Cuando lo vieron de lejos, la Carmela se le abrazó con fuerza y lo prendió a besos. Él la siguió con gusto. Y hubiera seguido por un rato más, pero Daniel se acercó a ellos, lo agarró del brazo y le dijo, decidido: “Necesito que vengas conmigo mañana a mi rancho”, se lo dijo como pidiéndole pero también como si se lo ordenara. Y él sólo pudo decirle que sí. Con aquella misma resolución lo había seguido todo el camino hasta el muro de piedra.
Daniel le dio un trago al agua y se le quedó viendo, con ojos de perro con hambre. Después reanudó la marcha e Isaac, vencido, empezó a mover sus pies.
Poco tiempo pasó antes de que viera el muro de piedra, alzándose como una lápida frente a sus ojos. Pensó en Carmela, que había gritado “¡Te voy a estar esperando!”, con una voz que al principio le sonó como una advertencia, pero que ahora reconocía como el llamado de un animalito en celo. Luego pensó en Daniel, que todavía sentado le había dicho, “Vete adelantando, yo te alcanzo. De todos modos el camino de los dos acaba donde mismo”.
A lo mejor si rogaba, si le decía que él se iría a vivir lejos del pueblo. Que ya nunca iba a volver. Que le diera nada más un chorro de agua para apagar la sed. Que tan amigos. Pero no. Nada de eso podía decirle porque había una mujer de por medio.
El grito de Carmela lo golpeó como un martillo.
Lentamente llegó hasta el muro de piedra. Miró el monte todavía tierno que se extendía hacia el horizonte: nada de pastura, ni una yerba que cortar. Luego vio hacia arriba y sintió que el peso del sol lo vencía. Allí terminaba el camino de ambos. Se dejó caer de rodillas en la tierra y agachó la cabeza, como los becerros. Cerraba y abría los ojos, con la mirada atenta hacia las piedras. Ya no escuchaba el silbido, pero de algún lugar detrás de sí le llegaba el rumor de unos pasos que se acercaban. Cerró los ojos otra vez.
Se concentró en el sonido.
—No me mates —alcanzó a decir.
Y los pasos se oyeron cada más cerca a sus espaldas, hasta que la sombra de Daniel cubrió su cuerpo por completo.

Fin.

  • Hiram Ruvalcaba