Para ser poesía solo hace falta respirar

Les comparto esta nota de revistalajusta acerca de mi.

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Crecí en un pueblo pequeño, llamado Cihuatlán, escribí mi primer poema a los 8 años.  A decir verdad me resulta complicado escribir este texto, probablemente haya sido el más difícil de toda mi vida.


Por Jaime Jordán Chávez Ordóñez


“Dado que no soy un tipo interesante, ni he tenido una vida trágica o especial, tampoco soy bastante inteligente, soy prácticamente igual al promedio, inclusive en mi estatura, más creativo que la mayoría tal vez, y bastante disperso. Casi siempre pierdo todo.”

Soy Jaime Jordán Chávez Ordóñez, hijo de José Alfredo Chávez y Verónica Ordóñez. El menor de 3 hermanos, que se llaman Verónica  Itzel y José Alfredo, a decir verdad me resulta complicado escribir este texto, probablemente haya sido el más difícil de toda mi vida. Dado que no soy un tipo interesante, ni he tenido una vida trágica o especial, tampoco soy bastante inteligente, soy prácticamente igual al promedio, inclusive…

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Poesía – Amar o no ser

Amar o no ser
Por que no somos nada sin amar
Solo tentamos el aire con los suspiros
El aire que corre desolado
Y los pajaros que silban armonías profundas
Sangra la herida universal
Y se rompen los eslabones de la historia
Cantan las orquestas del yo
Cantan las estrellas
El caos da a luz constelaciones. Canta tu mirada
No hay tiempo para callar
Por que nada es suficiente
Ni avanzar ni quedarse quieto
Ni gritar, ni callar
Ni amar, ni olvidar
Nada es suficiente
Cayendo al abismo insondable
La ira me infecta como un terrible virus
El alba se ha cansado de brillar en mi
La risa es un arma de la estupidez ahora
No hay felicidad, solo nerviosismo acumulado
Tan liquido, tan absurdo, tan herido
Abro llagas en el bosque de mi conciencia
Nunca me basto ser hombre
Ni siquiera ser dios.

(Fragmento de mi primer libro – El poema vivo)

Poesía – Hierba oxidada

Bajo la luz de esta luna sangrante
Escucho gotas que caen sobre el techo de lámina
La tubería tiene una herida en su vientre oxidado
Ha crecido una hierba en mis cabellos
Hay algo que me persigue en el camino
¿Sera la muerte, será la sombra, serán los otros
Seré yo persiguiéndome a mí mismo?
Tantos poemas, tantas canciones, tantas pinturas
Aviones que atraviesan el aire con sus alas de acero
Satélites que se ríen de la miseria en las alturas del cielo
Oh! Como quisiera llevarte a volar más allá de lo existente
Pero solo tengo estas alas rotas
Y no llegaremos lejos
Dame un lápiz y te construiré un cielo
Solo quisiera verte llover,
Aunque solo soy papel y palabras
Jugando a ser una persona,
Quisiera ser algo más
Quisiera ser una isla majestuosa
Para que tu naufragues en mi
Y descubras el tesoro
Ahogado en mi corazón enlodado
-Somos polvo o somos sal?
Dijo el mono sabio que colgaba de una rama en el árbol parlante con frutos mudos
-Somos semillas
Dijo la poesía moribunda.

 

Reflexión – Once/tres

11 de marzo – Bogota

Últimamente no he podido escribir, no sé cuál sea la razón para no poder hacerlo, pero así ha sido durante las últimas semanas. Además por mi cabeza han pasado nuevas ideas, entre ellas algunas que podrían cambiar mi vida por completo si se volvieran realidad. La verdad este año ha sido maravilloso, pero siento que estoy llegando de nuevo a un punto en el que no percibo nada, no siento inspiración y no reconozco cuál es mi propósito. Quisiera saber porque hay cosas que no funcionan en mi vida cuando se han vuelto tan importantes en ella, me pregunto también por qué la vida ha sido así conmigo este último mes y por qué no me he sabido mantener tranquilo durante largos periodos de tiempo. Me explico, la tranquilidad en mi vida es muy volátil, no dura nada, no trasciende, sino que al contrario no se mantiene, la tranquilidad en mi vida es temporal, bastante a mi parecer. Le pregunto a la vida además: ¿cuándo sabré que quiero para mi vida?

a través de Once/Tres — Camilo Rodríguez

 

El texto es demasiado sincero, me ha cautivado, es una reflexión, aunque hay cierta poesía en el acto de abrirse uno mismo con tanta claridad, como lo hace Camilo.

Poesía – Sofá de nubes

Voy de regreso al origen montado en una estrella fugaz
Estoy encerrado en una jaula con barrotes de popote
La gente de plástico me mira con sus rostros derretidos
Dicen sus lenguas de periódico que estoy loco
Porque ellos van al futuro y yo pretendo volver al pasado
Pero ellos no saben  que al amanecer se desvanecerán
Y yo seguiré de pie  bajo la luz del sol naciente
Como una palma gigante dando sombra en la playa
Y diré – Oh Duerman bajo mis ramas
Y dejaré caer cocos en sus mentes de vez en cuando
Ah! padezco esta ansiedad de crear desde el primer instante
Cuando era el primer átomo y crepitaba en el vacío
Ah! Escucho el ladrido demencial de los perros
Y me pregunto ¿Seré yo ese perro que ladra?
Y da lo mismo saber todo que no saber nada
Esta gente de plástico no tiene ninguna certeza, vamos tan rápido
Que apenas tenemos tiempo para respirar, y caemos
Hasta las penumbras eternas, sin alma
Sin alas, sin paracaídas, sin jetpack,
No existe nada que pueda llenar el vacío dentro de nosotros,
por que yo, tu , ellos,vosotros,los otros
Somos el vacío. ¿Y que? ¿Y que importa?
No sirve de nada llorar, no sirve de nada cantar,
Solo queda esperar en silencio, sentado
Sobre este sofá de nubes
Hasta que me alcance
La muerte.

Poesía – La estrella que brilla más

Dejaste una semilla en el umbral de mi corazón
y floreció un jardín de sueños
la amargura nocturna ya no seduce mi espíritu
y el jet ya no aterriza sobre el odio.

Eres la estrella que brilla más
la suspensión temporal del cántico
la hojarasca que crascita en otoño
la flor que nació en el cementerio.

Vivo en tu piel de palacio
bajo la sombra del árbol cantante
viajo en tus ojos, naufrago en tus latidos
soy ciudadano de tus parpados.

Se apago todo el fuego
pero me queda un poco de ceniza
y con ella, te construiré, un relámpago
para que lo guardes en tus ojos de linterna malherida.

Cuando sufras por el aciago de mi ausencia
mira a tu alrededor, respira,
y estaré contigo.

Poesía – Árbol que da luz

Las estrellas sangran luz en el cielo
los elefantes regresan a casa para morir
un duendesillo murió ahogado en mi zapato
el amanecer se suicido arrojándose a la copa
Y yo te amo.

Los pájaros ya no cantan
la poesía ha muerto
un cuervo florece en mi respiración
la sombra me alcanzó por fin
y yo te amo.

Aunque el mundo sea triste
aunque nazcamos solo para morir
aunque la tierra llore
aunque se abra la corteza y me traguen las placas tectonicas
yo te amaré.

Te amare como un recuerdo
que germina en la memoria,
te amaré como una nota
que florece en el silencio,
te amaré a prisa pero en calma
para que vivamos todo
sin perdernos de nada.

Breve manifiesto

Más que un sitio,
somos un hogar.

No importa quien seas
ni tu forma de pensar,
eres bienvenido a ser uno de nosotros.

Publicaremos poesía, pintura, política, cine, fotografía, reseñas, opiniones
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Poesía – Ríos atormentados

El tren grita desesperado
el mediodía se suicida en la hoja de un arbol
la noche frondosa de luciérnagas se apaga
mi sombra se aleja de mi cada día como una avioneta
un ángel se paro en mi ventana
pero ya no me sorprendió
llevaba una ridícula vestimenta
y no pude evitar reírme
Jajajejejijijujujajajejejijijuju
en mi memoria hay un dios enfurecido
que tiene un vacío en medio del corazón
hasta cuando sangrara el sol
¿Por que ya no canta la golondrina?
luz que emana de ti mismo
luz que se hace canción
luz que ilumina el abismo
¿Donde pondremos esta cisterna de flores cósmica?
como aniquilaremos esta ansia de crear
que nos persigue desde el primer átomo
la primavera muere sobre los girasoles
mi boca es una puerta abierta
hacia otras dimensiones
los dioses muertos de mi memoria
se ahogan en el silencio
esas auroras purpuras cubrirán el cielo
aquel mar sera tan profundo como una taza de café
ya no busques en el aire las canciones
dormitan en tu respiración de astro apagado
que tiemblen las montañas
sigamos con este canto interminable
que resuena en el universo desde el génesis
expandiéndose y corriendo en la voz de los poetas
que dibuja planetas vacíos en el espacio
con sangre y con humo de su herida esencia
los rayos se deslizan por el aire
como la pluma que cayó del cóndor dorado
tantos rayos, tantas plumas
la locura ruge desde dentro como un puma de humo
¿Por que se hunden los barcos con sus luces?
¿Por que se duermen los astros?
¿Por que caen los arboles?
se ha liberado el alma encadenada
cantan los ríos atormentados
que inundan y colorean los senderos que nadie ha transitado ni transitará
y siempre en nombre del viento
que nos habla cuando callamos por un segundo
y siempre en nombre de los arboles
que nos dan sus semillas cuando les extirpamos un fruto
para que podamos sembrar otro árbol.

¿Has caminado más alla de la puerta?
Una vez que llegues a donde yo he estado
Jamás  regresarás.

Jaime Jordán Chávez Ordóñez

Poesía – Ego sum, et non sum

Nadie me escucha, nadie me mira, nadie es
consciente ni siquiera de mi existencia, estoy solo
solo como el árbol que cae en medio del bosque
solo como un piano sin melodías
solo como la primera estrella de la noche
solo como la noche sin el día
tengo la misma soledad de Altazor
descendiendo en su paracaídas,
tengo la misma soledad del Major Tom
perdido en la infinidad del universo,
no hay música, no hay almas, no hay luz
solo hay tinieblas, asciendo débilmente
para caer, las sombras que me persiguen
arrastran, silenciarias, mi espíritu
soy y no soy, estoy y no estoy, vivo sin verme vivir
no tengo alma, ni espíritu, ni conciencia
no tengo moral, ni cuerpo, ni vida,
no soy un hombre
¡Soy poesía!

Poesía – EL mundo es un chicle

No tengo edad, soy
sueño, tormenta, tiza, y a veces converso
con las piedras
que me juran
haber sido hombres, y ángeles
en algún trópico
donde la luna
se esconde de las noches, y dicen
que mañana seremos de plástico, y lloran
lagrimas corrosivas
por qué no quieren que los mares de cerveza
se desborden en el puerto de las almas, y
provoquen un oasismo.

Por cierto, el mundo es un chicle.

Poesía – Mariposa de humo

Este cielo existe para que tus ojos lo vean
Estas estrellas quisieran dormir en tus parpados
Este sol quisiera vivir en tu lámpara
Y yo quisiera, volar y volar, con estas alas rotas
Hasta alcanzar un sueño de papel y tiza
Un sueño que se rompa, en paisajes, fragancias, y sonidos
Un sueño que vuele como una mariposa de humo
Un sueño que no se pierda en el tiempo
Un sueño para guardarlo
En tu vientre
etéreo.

Cuento – El muro de piedra

—No creo que me mate. Daniel no es así.
Isaac caminaba despacio entre las piedras filosas. Iba decaído por la sed y la tierra en sus zapatos hacía que le ardieran los pies. Un polvo de tepetate se le metía en los ojos cuando el viento soplaba, lo obligaba a cerrarlos y a tallárselos con el dorso de la mano hasta dejarlos colorados. Levantó el ala de su sombrero y vio el camino que cortaba la sierra hacia abajo y hacia adelante. Quiso mirar hacia atrás, pero pensó que lo mejor era seguir avanzando sin aflojar la marcha. Sabía que a sus espaldas venía Daniel, manteniendo siempre la misma distancia.
Ya no faltaba mucho para que llegaran al muro de piedra. Habían caminado desde antes del amanecer, casi sin intercambiar palabra. Y aunque al principio le incomodó aquel silencio de ambos, no le pareció raro. Pensó que si no se hablaban era por la oscuridad, porque cuando salieron del pueblo apenas si podían verse las caras. Reconoció a Daniel por el silbido, porque aquélla era la misma tonada que usaba para arriar sus becerros cuando pasaba a caballo por las calles de Tlayolan.
Aquella madrugada, Carmela se levantó antes que él y, cuando Isaac encendió la luz de la habitación, vio que ya le tenía la ropa lista. Salió del cuarto y la vio asomada por la ventana de la calle, como si acechara a alguien:
—Es Daniel. Llegó temprano. Mejor será que te apures, Isaac, porque bien sabes que no le gusta esperar —le dijo. Luego, con pasos de animalito, fue a peinarse al espejo.
—¿Quién sabe qué prisa traiga? —le contestó. Hacía mucho que él y Daniel no iban juntos al monte, porque ya no eran tan cercanos. Y nunca le había pedido que lo acompañara hasta su rancho en el muro de piedra. Pero era buena paga. Todos los que trabajaban con Daniel sabían eso. Que era buena paga y que nada más lo acompañaban los hombres que él mismo escogía.
El viento pasó peinando las piedras, se llevaba la tierra seca y pronto traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos. Isaac intentó sacudirse una piedrita que se le había metido en el zapato, sin éxito. Miró hacia atrás por encima del hombro pero no podía ver a Daniel. Luego se giró por completo, ralentizando la marcha, aunque sin detenerse. Después de unos segundos —todavía encandilado— lo vio, unos cien metros allá atrás, subiendo despacio. Llevaba el bule de agua en la mano derecha y la guadaña en la izquierda. Y aunque no podía ver su rostro, podía sentir la mirada, fija en él como un cañón.
Levantó la mano para saludar a Daniel, pero no le salieron las palabras. Lo vio bajar, ligero, entre las piedras. Isaac se dio la vuelta para ver de frente el camino y aceleró.
—No me va a matar —repitió unos pasos adelante, mientras la sed lo mordía en la garganta.
¿De quién había sido la idea de que era peligroso que fueran juntos? ¿Fue de la Carmela? ¿Y cuándo se lo dijo? Cuando salió de la casa no, seguro. Fue antes, mucho antes, cuando empezaban a salir apenas. “Ten cuidado con Daniel”, le dijo, “no me gusta cómo te mira cuando estás conmigo”. Él hasta se había reído. “Él no es así, mujer, nos conocemos rebien, desde chiquillos”.
Y con esa sentencia abandonaron el asunto. Porque Daniel no era malo. De muchachos jugaban juntos o corrían con los otros jóvenes del pueblo por las lomas que rodeaban Tlayolan. Los dos competían con frecuencia, e Isaac era quien ganaba en todo porque era un par de años mayor que el otro. Se recordaba corriendo adelante del batallón de muchachos. Se acostumbró a voltear sobre sus pasos cuando les sacaba ventaja en plena carrera, para verlos jadeando detrás suyo.
Así eran las cosas. Y a pesar de la rivalidad, se caían bien. O así lo creyó él. Pero ya grandes se fueron distanciando: Daniel se había juntado con la gente del Moro, y aquello le dio mucho dinero pero también muy mala fama. Entonces dejaron de hablarse. Luego, cuando Isaac se casó con la Carmela, Daniel se fue del pueblo por unos años. Cuando regresó apenas si les dirigía la palabra.
Aquella mañana, cuando Isaac abrió la puerta de su casa, miró a Daniel recargado en una barda, al costado del camino. Estaba quieto, espeso, como cuajado en la noche. En la mano izquierda sostenía aquella guadaña grande y pesada: su hoja reflejaba la luz de la calle y a Isaac le dio la impresión de que parecía una sonrisa.
—Con ese guadañón te vas a cortar el cogote —le dijo, medio en broma. Daniel resopló y contestó algo que Isaac no entendió bien, pero que sonó como un “a mí no”, medio en serio. Luego, Daniel se quedó viendo hacia la puerta, hacia donde estaba la Carmela ya arreglada.
—¡Te voy estar esperando! —gritó cuando iban ya algo lejos de la casa. A Isaac le pareció extraño, porque lo había dicho como al aire, como si no quisiera que la entendieran.
Pensaba en ella ahora que sentía como si unos diablos le caminaran por la garganta. El sudor marcaba cicatrices en la tierra que le cubría el rostro y luego le caía en la ropa o se iba derecho hasta el suelo. Pero él no bajaba la marcha. Ni siquiera la sed que tenía o el bule que ya había visto fulgurando en la mano de Daniel hacían que se detuviera. Él no había traído agua y el camino hasta el muro de piedra era más largo de lo que recordaba.
—No lleves nada —le advirtió Daniel—. Yo ya traigo todo lo que vamos a necesitar. Tú no más asegúrate de estar a tiempo, porque tengo mucho que hacer allá.
¿Iban por el camino correcto? De repente pensó que hacía muchos años que no pasaba por esa vereda, que ya no podía acordarse de ese río de piedras filosas. Pasó saliva. A esa hora el sol estaba ya en todo lo alto. Y el camino estaba solo. Se imaginó que si alguien los mirara a aquella hora, solos y tan blancos de enterregados que estaban, pensaría que estaba viendo fantasmas.
El monte hervía de grillos y una que otra mariposa se le atravesaba en el camino como una advertencia. Volvió a mirar hacia atrás: ahí seguía Daniel. Ni más cerca ni más lejos. Sin aflojar el paso. Y aunque iba tapado con aquel sombrero grande que traía, Isaac pudo sentir sus ojos atravesándole el cuello.
En la madrugada, una jauría de perros les gruñó cuando salían del pueblo. Grandes perros negros que les ladraron desde atrás de un barandal. Parecía que tenían las cabezas pegadas a un solo cuerpo.
—Por aquí tengo sembrado maíz —bufó Daniel, cuando escuchó a los perros—. Pero hoy vamos más lejos, a donde queda el muro de piedra. Allá cortaremos la jaragua para las bestias.
Y él no había protestado porque vio que Daniel había previsto todo, menos una guadaña para él.
—¿Y cómo voy a ayudarte si no traigo con qué? —había preguntado, la voz le salió como del fondo de un pozo.
—Cuando lleguemos allá te voy a dar todo lo que necesites —gruñó Daniel.
Y fueron juntos.
Los pies le pesaban tanto que los iba arrastrando entre las piedras. Sabía que de un momento a otro se acabaría el camino para ambos, y entonces ya ninguno podría dar un paso adelante. Desde algún punto a sus espaldas, en pausas, le llegaba aquel silbido que conocía tan bien, porque lo había escuchado a veces, rondando su calle.
Al principio la Carmela se lo decía, que desde que había vuelto al pueblo Daniel se paseaba mucho por ahí. Que no le gustaba cómo la veía cuando andaba sola. Que tenía ojos de perro con hambre. Pero él nunca le hizo caso. Luego, sin razón aparente, Carmela ya no le contó nada. Y el silbido de un día para otro también dejó de escucharse. A pesar de todo, aún se encontraba a Daniel en las noches, pasando con sus animales por enfrente de su casa.
Miró hacia atrás. El camino era muy largo. Apenas pudo limpiarse la tierra de los ojos y de la boca reseca. Vio el bule que colgaba del fuerte brazo de Daniel, a quien nunca había visto así de esforzado. Aquél tenía una guadaña. Y él nada. Y aquel pedazo de fierro que parecía una sonrisa le parecía grande, del tamaño del mundo, y pesado, tan pesado como la vida. Ya estaban muy lejos del pueblo, lejos ya de la Carmela, que había gritado “¡Te voy a estar esperando!” como si lo dijera al aire, a la calle, a la noche, pero no a él, a Isaac, su marido. Se imaginó el campo caliente y silencioso; tuvo ganas de detenerse y dejar caer su cuerpo en la arena.
—Es por esta vereda. Vete tú por delante, yo iré en un rato —le había dicho Daniel, cuando se separaron. Luego se quedó sentado a la sombra de un árbol junto al camino, mirando el suelo—. Cuando acomode todo te alcanzo —dijo, pero se recostó y cruzó los brazos, esperando que el otro se fuera.
Isaac avanzó sin oponer resistencia, y pronto dejó atrás a Daniel. Frente a sí vio el camino de piedras que se abría como la boca de un muerto. Se acordó de todas las veces que había sido así: él avanzando al frente de todos. Siempre fue el más rápido, el que corría delante de los demás y se giraba para verlos tras de sí, jadeando. Y ahora recordaba que, de entre todos, distinguía el rostro de Daniel, que lo miraba con ojos de animal herido, porque no le gustaba perder. Ahora era diferente porque Daniel dejó que se alejara. Pronto llegarían al muro de piedra y ya no tendrían para dónde hacerse.
Ya todo se hacía más claro.
Se dio cuenta de que sus pies se habían estancado y empezó a escuchar aquel silbido cerca, cada vez más cerca. Se imaginó a Daniel detrás de sí, a aquel Daniel que de repente se le figuraba tan grande, tan sonriente como una calavera. Cuando sintió que lo tenía a sus espaldas se echó a correr entre las piedras filosas, resbalando y dando traspiés a lo largo de aquel camino que ahora era pura bajada. En la carrera sintió las piedras metiéndose en los zapatos y rasguñándole las plantas de los pies. Corrió durante todo el rato que se lo permitieron sus pulmones, hasta que sintió la sed abriéndole llagas en la garganta.
Pasaron varios minutos hasta que se detuvo, jadeando, a la mitad del camino. “Pero qué necesidad tengo de correr”, pensó, aferrado a una última ilusión. Quizás todo estaba en su mente. Quizás el buen Daniel se había quedado allá atrás, sorprendido, viéndolo en la carrera. Y cuando lo alcanzara le preguntaría, con tranquilidad, “¿pues qué prisa traes?” y las cosas quedarían así, de amigos, bajo aquel sol que quizás brillaba de esperanzas.
Pero cuando se dio la vuelta, cuando quiso ver a Daniel allá lejos, como un punto en la distancia, se dio cuenta de que aún estaba allí, a unos cien metros, con la guadaña en la mano. Se secaba el sudor con la manga de la camisa empolvada. Y jadeaba. Isaac sintió en él la misma resolución que había sentido el día anterior, cuando él y Carmela se lo encontraron en el centro del pueblo.
Cuando lo vieron de lejos, la Carmela se le abrazó con fuerza y lo prendió a besos. Él la siguió con gusto. Y hubiera seguido por un rato más, pero Daniel se acercó a ellos, lo agarró del brazo y le dijo, decidido: “Necesito que vengas conmigo mañana a mi rancho”, se lo dijo como pidiéndole pero también como si se lo ordenara. Y él sólo pudo decirle que sí. Con aquella misma resolución lo había seguido todo el camino hasta el muro de piedra.
Daniel le dio un trago al agua y se le quedó viendo, con ojos de perro con hambre. Después reanudó la marcha e Isaac, vencido, empezó a mover sus pies.
Poco tiempo pasó antes de que viera el muro de piedra, alzándose como una lápida frente a sus ojos. Pensó en Carmela, que había gritado “¡Te voy a estar esperando!”, con una voz que al principio le sonó como una advertencia, pero que ahora reconocía como el llamado de un animalito en celo. Luego pensó en Daniel, que todavía sentado le había dicho, “Vete adelantando, yo te alcanzo. De todos modos el camino de los dos acaba donde mismo”.
A lo mejor si rogaba, si le decía que él se iría a vivir lejos del pueblo. Que ya nunca iba a volver. Que le diera nada más un chorro de agua para apagar la sed. Que tan amigos. Pero no. Nada de eso podía decirle porque había una mujer de por medio.
El grito de Carmela lo golpeó como un martillo.
Lentamente llegó hasta el muro de piedra. Miró el monte todavía tierno que se extendía hacia el horizonte: nada de pastura, ni una yerba que cortar. Luego vio hacia arriba y sintió que el peso del sol lo vencía. Allí terminaba el camino de ambos. Se dejó caer de rodillas en la tierra y agachó la cabeza, como los becerros. Cerraba y abría los ojos, con la mirada atenta hacia las piedras. Ya no escuchaba el silbido, pero de algún lugar detrás de sí le llegaba el rumor de unos pasos que se acercaban. Cerró los ojos otra vez.
Se concentró en el sonido.
—No me mates —alcanzó a decir.
Y los pasos se oyeron cada más cerca a sus espaldas, hasta que la sombra de Daniel cubrió su cuerpo por completo.

Fin.

  • Hiram Ruvalcaba

Poesía – Voz eterna

Florece en la eternidad esta voz, tormento de tormentas, arbolaria y abyecta,
lumbraria e insurrecta, diástole y sístole del reflejo
parpadeo de dios, camina sobre los sueños, se intensifica
para llenar este vacío hambriento, emana, fluye
en el rabión de las respiraciones, baja, sube
en el ascensor de las épocas, desgarra
la tela de la cortina, viola la matrix
y siembra en el tiempo
un nuevo color.
Florece en la eternidad esta voz….

Poesía – Dios

¡Oh Dios! ¡Ya no me juzgues más!
Tu no sabes lo que es ser un hombre
no fornicaste ni fornicarás
en la evanescencia de las pasiones
no te arrancaste la divinidad
con un puñado de poemas y canciones
no alimentaste a las vacas
ni rociaste día a día los arroces
jamás disfrutaste del vicio
jamás fuiste la sombra de un nombre
jamás has temido por tu vida
jamás has sufrido heridas por amores. Todo en ti ha sido eterno
estas fundido a la cosmogonía
te siento respirar en mis pulmones, y te miro de lejos
en el reflejo de mi espejo
cantas en la melodía de los ríos, y eres el manantial oculto
en las entrañas de la montaña
duermes en la inocencia de los niños, y eres la luz
que besa la piel en las mañanas
habitas en el vientre de una madre , y en la nota
que baña de colores el aire
¡Oh dios! ¡Ya no me juzgues más!
Admira la grandeza de mi esencia
que también es la tuya. Todo el espacio
del universo no sería suficiente
todo el tiempo de la eternidad
todos los instantes infinitos
no serían suficientes para retener esta esencia
y si los poetas callásemos y esta dimensión se perdiese
¡Oh creador! ¡Oh Ala! ¡Oh Jehová! ¡Oh Dios! ¡Oh Krishna!
Tu nunca cesarás de estar en todo
porque somos el único ser y la única esencia
por que somos el único espacio y el único tiempo
porque estamos sin estar, porque somos nuestro padre
y somos nuestro hijo, porque somos nuestro dios
y somos nuestro espíritu.

Cronopio maldito

Ah! Soy el cronopio maldito, canto y pinto
Hasta abrir mares y cielos
Pero vivo en un mundo de personas sordas y ciegas
Que solo ríen y gritan.

Padezco la desesperación del espíritu seco
El inevitable sosiego de la noche herida
Las palabras que canto solo son sonido
El viento se burla con sus muecas.

Abordo un extraño tren que viaja sin destino
La razón hace el amor con el instinto
Sobrevivo como un recuerdo que germina
Y transcurro en el papel y la tinta.

El primer poema de mi novia

Desperté
yo que navegaba con los ojos cerrados,
ahora puedo volar, y viajo en la mágica brisa de tu sonrisa
en la mágica brisa de tu paz,
tienes esa mirada que me lleva a lugares inalcanzables
donde nadie puede llegar,
me siento tan confundida, este lugar,
me provoca algo de miedo
nunca pensé que volvería a ser tan feliz,
nunca pensé me sentiría así… tan plena, tan mágica, siento tantos colores
te temo al amor, le temo a la paz
pero de alguna manera, cuando estoy a tu lado
sin importar el lugar donde estamos,
puedo sentir que estoy en mi hogar.

Karen Vianey Duran

Poesía – Cisnes de nube bailan en el aire

Haremos el amor
en el corazón de la media noche
antes de caer en la profundidad de la inconsciencia.
Haremos el amor
durante los amaneceres grises
cuando caminemos bajo la sonrisa del sol desvestido.
Y viviremos sin adioses ni finales
y construiremos un puente entre nuestras almas
y soñaremos un sueño que será vida.
No allá afuera en esa cárcel de espacio y tiempo,
Aquí adentro de nosotros mismos
donde lo efimero puede convertirse en eterno.
Resucitaremos los recuerdos con lápices
hablaremos en nuestro propio lenguaje
interrogaremos juntos los paradigmas.
Y diremos las cosas que no se deben decir
y copularemos hasta dar a luz un nuevo color
y pintaremos nuestro color en el aire
y cuando ya nada quede,
ahí estaremos nosotros.

Poesía-1945

El buitre de acero sobrevuela la ciudad
desprende una ojiva de su vientre,
un destello cegador oscurece todo,
un estruendo sacude el sonido,
¡La ojiva explota!
Nace un gran hongo de niebla
oscuro, con un tinte violáceo,
y el gran hongo se extiende
hasta devorar la ciudad entera,
tu piel se escurre en el suelo,
tus ojos salen de sus cavidades,
y mueres más pronto que una mariposa.
la humanidad ha muerto,
la estúpida inteligencia humana,
ha creado la peor de las armas.
Agradezcámosle a Einstein,
idolatrémoslo.

Botón para apagar el sol

¿Quién fuera sol
para mirarte durante el amanecer?
¿Quién fuera lluvia
para caminar en los senderos de tu piel?

Nada brilla sin tu resplandor
habito en tus suspiros de montaña herida
impregnados del polen nocturno
y el tiempo se hace frágil como un origami.

Déjame que te confiese el futuro en el oído
Déjame crear para ti un mundo que oscile entre la luz y los sueños
Déjame vivir en tus latidos
Y te daré un botón para apagar el sol.

 

Jaime Jordán Chávez Ordóñez

Fragmento de mi primer libro.

Se acerca el descanso eterno
Brota la luz que brilla en nosotros
Todos seremos uno en el Zion
Dios se volverá loco después de escuchar tantas plegarias muertas
Los querubines llorarán cielos
Se asomaran en ti nuevos rostros
Nacerán halos de compasión
Cuando la primera molécula crepite en las penumbras sempiternas
Habrán cementerios de pájaros
Alucinaciones tantalicas darán a luz
El instinto desatado y hermoso
Bienvenirá a los hijos del aire a reinar en este mundo sin gemas
Los búhos traerán primicias
Vendrán nuevas criaturas insignes
Se abrirá la floresta del edén
Caminaremos siempre sobre la huella del sufrimiento inexorable
Ni la sabiduría de la noche
Podrá llenar el vacío insaciable
Heriremos al espacio/tiempo
Se perderá en el tiempo y el cosmos este fenómeno alado y ligero
Ya no ladrarán los perros
Los elefantes regresaran a casa
No habrá piedad para dios
En este nuevo universo confuso y abierto en todas las direcciones
Donde el infierno y el edén se mezclan en el polén de la vida.

Jaime Jordán Chávez Ordóñez