Mujer desolada

¡Oh mujer desolada!
Te ciñeron al dolor, te encadenaron al deseo,
y un cementerio floreció de tus entrañas.

¡Oh mujer desolada!
Eres una tormenta, y a veces un rocío,
habitas en los turpiales de los bosques melodiosos
y en la transparencia de las voces olvidadas.

¡Oh amada mía!
Eres la muerte de un siglo, un ser confuso,
un destino sin viajero, el desborde de lo estable,
y la bella embriaguez del viento lleno de armonías.

¡Oh amada mía!
Tus ojos, tus manos, tu boca,
y la bella flor de tu desnudez,
todo en ti es poesía.

 

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Soneto dorado

Nutres al mundo con tu belleza,
tu voz es la mas bella melodía,
encarnas a la infinita pureza,
eres hermosa como una sinfonía.

Todo en ti tiene aires de grandeza,
me recuerdas a la palabra utopía,
eres una proeza de la naturaleza,
naciste inscrita en la cosmogonía.

Eres brillante cual aurora boreal,
iluminas el oscuro y triste vacío,
dibujas en la conjugación astral,
encandeces el invierno más frío.

Oh poesía! Por fin te he encontrado,
Oh poesía! Nuestro reino ha comenzado.

(Este es un poema que escribí hace bastante tiempo,
pero quería mostrárselos, espero que les guste.)

Aire

 

Otro día más, solo un día más, y después
en mis ojos se hará de noche.
El ala del ángel caído golpeará la eternidad con su vuelo
y la sabiduría vendrá como un niño envuelto.
Un minuto más, un segundo más, una milésima de segundo más
y el río con su turbulenta corriente
se llevara el lastre de cada palabra.

No habrá palabras sofocadas por el amor
No habrá  sombras que arrastren mi poesía,
solo yo, y el aire de mi respiración.

 

Hay madrugadas

Hay madrugadas en las que no duermo
Y siento un fuego en el corazón,
Una llama interminable que me incinera el espíritu.

Hay madrugadas en las que me siento solo
Como un polo en medio del ártico
Y las horas me parecen días.

Hay madrugadas donde no importa nada, y caigo
Como yunque precipitado al fondo del abismo

Esas madrugadas….
En vísperas del amanecer
Las palabras llegan y me piden ser escritas
Como las fotografías piden ser tomadas en los atardeceres.

Jaime Jordan Chávez Ordóñez